Flower

Archivo de la Categoría ‘Literatura’

FÁBULA, SÁTIRA Y EPIGRAMA

 

FÁBULA

1.- Introducción:

La fábula, relato en el que intervienen animales que reproducen defectos y comportamientos de los hombres y que concluye con una moraleja, había tenido una cierta utilización dentro de otros géneros desde Ennio, pero no surge en la literatura latina como un género independiente con sus características propias hasta el siglo I d. de C., por obra de Fedro.
El origen de la fábula, como el de la mayor parte de los géneros literarios, se remonta a Grecia, donde había surgido como una manifestación popular en oposición a la poesía solemne. La épica era un tipo de poesía que respondía a la concepción de la vida de los nobles y aristócratas, mientras que la fábula se situaba en el otro extremo, y representaba la vida mediocre y común del pueblo humilde. Los griegos, que gustaban de atribuir un inventor concreto a cada género, atribuyen el origen de la fábula a Esopo, esclavo frigio que vivió hacia la mitad del siglo VI a. de C. y cuya vida nos ha llegado llena de datos legendarios.
Lo cierto es que las fábulas o apólogos, como se denominaban entre los griegos, debieron circular por su propia naturaleza popular fácilmente de un pueblo a otro y podían tener un origen muy diverso; probablemente se transmitían de forma oral: mercaderes, cómicos y, muy especialmente, esclavos fueron vehículos de transmisión de las mismas.
Dos características acompañan el desarrollo de la fábula tanto en Grecia como en Roma : ese carácter popular, de poesía menor que ya hemos comentado y un fuerte matiz reivindicativo. Las fábulas eran la critica satírica del pueblo, de los esclavos, de los pobres contra los privilegiados.

2.- Fedro.-
Este espíritu de reivindicación popular se encuentra claramente expresado en los cinco libros de fábulas que con el nombre de Fabulae Aesopiae publicó Fedro, el creador de la fábula latina como género literario. Nació en Macedonia hacia el año 15 a. de C. y vino a Roma como esclavo de Augusto que posteriormente le concedió la libertad. Parece que el hecho de que tanto Esopo, creador mítico del género, como Fedro, su continuador en Roma, fueran de origen servil justificaría el tono de crítica social a que antes nos hemos referido.
Las noticias que tenemos de Fedro proceden en su totalidad de los epílogos y prólogos de sus obras. Parece que comenzó a publicar sus fábulas en el reinado de Tiberio y continuó en los de Caligula, Claudio y, probablemente, en el de Nerón. En el prólogo del libro III hace mención de las persecuciones que debió soportar a causa de las ideas difundidas en sus libros por parte de Sejano, el todopoderoso prefecto de Tiberio. Como fecha aproximada de su muerte se da el año 50 d. de C.
Publicó con el titulo de Fabulae Aesopiae un centenar de fábulas repartidas en cinco libros, a las que se deben añadir unas treinta más recopiladas en el Renacimiento por el humanista Nicolás Perotto y que, por ese motivo, se conocen con el nombre de Appendix Perottina. Están escritas en senarios yámbicos, verso propio de la comedia y del mimo y de gran raigambre popular. En un principio, las fábulas tienen siempre un mismo esquema: un relato de animales y una moraleja que puede preceder o seguir a aquel; ahora bien, más adelante comienza a utilizar otros procedimientos, introduciendo fábulas de otro tipo: relatos con personajes humanos, anécdotas, episodios históricos, etc. En la forma aparentemente pueril de la fábula Pedro incluía una intención satírica que lo relaciona tanto con Horacio y Lucilio como con Persio y Juvenal.
Fedro escribe con un estilo sencillo y natural, especialmente cuando no moraliza. En los prólogos de su obra se muestra particularmente orgulloso de su “brevitas dicendi” (concisión), el rasgo más distintivo y característico de su estilo.
Llama la atención el hecho de que ninguno de sus contemporáneos haga mención de él; parece como si la literatura oficial de su época y de la inmediatamente posterior lo olvidara a propósito. La primera referencia a su persona la encontramos en Marcial. Quintiliano no lo nombra cuando teoriza sobre las características del género fabulístico y, lo que es más grave, Séneca en su Consolatio ad Polybium, escrita en el41 cuando Fedro debía haber publicado ya la mayor parte de su obra, afirma que la fábula era un género todavía no intentado en Roma. Probablemente el público al que Fedro dirigió sus fábulas y el tono de crítica de las mismas lo alejó de la literatura oficial de la época.
Después de Fedro no tenemos noticias de que se cultive el género fabulístico hasta que en el siglo IV un autor llamado Aviano compusiera cuarenta y dos fábulas en dísticos elegíacos. Se conoce otra colección de fábulas de finales de la antigüedad latina titulada Rómulo o Fábulas de Rómulo. Ambas obras están en la base de numerosas colecciones de fábulas en la Edad Media.
 

SÁTIRA

1.- Características del género

El término “satura” designa un género literario que, si bien recibe influencias del drama griego y de las diatribas de los filósofos cínicos, se desarrolla por primera vez en Roma como tal género con características bien definidas; por este motivo Quintiliano se jactaba de que “la sátira al menos es un logro totalmente romano”.
El origen del término “satura” es oscuro: ya en la Antigüedad se proponían diversos orígenes para el mismo, sin que existan razones de peso para proponer unos por encima de los otros. La historia del desarrollo de la sátira como género literario es larga, pudiéndose rastrear hasta cuatro tipos de composiciones de carácter satírico. En primer lugar el historiador tito Livio, al hablar de los comienzos del teatro en Roma, nos informa de una “satura dramática” en las que se mezclaban cantos, música y mimo. Las informaciones sobre este tipo de representaciones son prácticamente nulas y, desde luego, no parece que hayan ejercido ninguna influencia en el desarrollo de la sátira como género independiente.
Un segundo grupo de escritos satíricos lo forman composiciones de carácter burlesco y moralizador, pero en las que no se incluían, al parecer, ni invectivas ni ataques personales. Algunas obras del polifacético poeta Ennio (239-169 a. C.) fueron de este tipo. Publicó al menos cuatro libros (algunos autores hablan de seis), de poemas cuyas característica fundamental era la mezcla de elementos diversos tanto desde el punto de vista de la forma como del contenido: no sólo estaban escritas en diversos metros, incluyendo fragmentos en prosa, sino que su contenido oscilaba entre la fábula, el episodio autobiográfico y algunos poemas típicamente satíricos con críticas de costumbres de su época.
El tercer tipo de sátira es precisamente el que define el género: composiciones sobre diversos temas pero en las que se incluye una crítica mordaz desde un punto de vista muy personal de personas concretas y de la sociedad en general. Lucilio es el creador del género; Horacio, Persio y Juvenal son sus máximos representantes.
Por último desde época muy temprana se desarrollaron composiciones satíricas que seguían el modelo de Menipo y que por ese motivo se titularon sátiras menipeas. Eran composiciones en las que se repartían desigualmente prosa y verso con una intencionalidad más didáctica que crítica. Varrón fue el primero en escribir este tipo de composiciones .La Apocolocyntosis de Séneca y el Satiricón de Petronio también se incluyen en este apartado.

2.- LUCILIO: el creador del género

Horacio fue el primero en otorgar a Lucilio de Suessa Aurunca el privilegio de ser el creador de la sátira como género literario autónomo. No existe ninguna “vita” que nos aporte datos fidedignos sobre su vida, aunque, al ser la sátira un género muy personal, podemos obtener alguna información de los fragmentos que nos han llegado de sus Saturae. Sabemos que nació en Suessa Aurunca, localidad de la Campania, hacia el 180 a. de C. y que estuvo muy vinculado con el círculo de los Escipiones, sirviendo en la caballería en Hispania a las órdenes de Escipión. De familia acaudalada, escribió en provecho y en defensa del grupo de aristócratas reunidos en torno a los Escipiones y que propugnaban reformas moderadas en el terreno social y político. Murió a edad avanzada en Nápoles entre el 102 y el 101 a. C.
Comenzó a escribir en su madurez, al regreso de la campaña de Hispania. Escribió 30 libros de los que sólo nos han llegado 1.375 versos. En los primeros libros utilizó una gran variedad de metros pero posteriormente utilizó solamente el hexámetro, que desde entonces es propio de la poesía satírica. Mantuvo sin embargo siempre una gran variedad temática: ataques contra personajes corruptos y contra los vicios imperantes en la sociedad de su tiempo, testimonios autobiográficos, críticas literarias y filosóficas, etc. Lo más característico de Lucilio es que, por encima de la diversidad temática se impone siempre la crítica y los ataques mordaces, de carácter personal, lo que confiere a la “satura” esa nota distintiva que ha llegado hasta nuestros días.
Lucilio escribe en el lenguaje normal de la calle (sermo cotidianus), alejándose de la selección de vocablos típicas del lenguaje poético y marcando de esta forma diferencias con la poesía épica. Los términos groseros e incluso obscenos son propios del género y Lucilio los utiliza con normalidad. Pero su estilo es poco cuidado y Horacio le criticaba su abandono a la inspiración fácil y su falta de autocrítica que le llevaban a expresar sus ideas de forma tosca y con descuido; de cualquier forma, sus defectos literarios no fueron un obstáculo para que, trazando un cuadro vivo y crítico de la sociedad de su tiempo, estableciera de forma clara los rasgos fundamentales de un género típicamente romano.

3.- HORACIO: Sermones y Epistulae

Si Lucilio es considerado como el fundador del género satírico, a Horacio, su continuador como él mismo se proclama, le cabe el mérito de haberlo llevado a la perfección formal.
Las diferencias entre Lucilio y Horacio son notables tanto en los aspectos de contenido como en los formales. Las sátiras de Horacio carecen de la fuerza y de la dureza crítica de Lucilio; las circunstancias políticas de la época de Horacio no permitían, a pesar de que el poeta pertenecía al círculo de amigos de Augusto, llevar la crítica y los ataques personales a los extremos a que se habían llevado en los primeros siglos de la República. Por este motivo no encontramos en Horacio referencias críticas sino a personas difícilmente identificables. El poeta dedica pues sus esfuerzos a perfeccionar los aspectos formales del género, única cosa que encuentra criticable en su antecesor. Se incluye así en esa tendencia propia de la poesía de la época de Augusto que, aún reconociéndose heredera de los poetas arcaicos, retoman sus metros y temas para darles su definitiva forma clásica. Con Horacio la poesía satírica en hexámetros alcanzó un alto nivel de refinamiento artístico que se aleja de la rudeza de Lucilio.
En realidad Horacio no tituló ninguna de sus obras Saturae, pero la tradición manuscrita nos ha transmitido como obras satíricas del poeta dos libros con el titulo de Sermones y otros dos bajo el epígrafe de Epistulae, ambos en hexámetros, como es ya propio de la sátira desde Lucilio.
La vida de Horacio ocupa toda la segunda mitad del siglo I a. de C. (65-8) y su obra satírica ocupa el comienzo y el final de su labor poética, debiendo situarse entre ambas su producción lírica. Este hecho explica que podamos dividir la obra satírica de Horacio en dos grupos con características propias: por un lado estarán las composiciones escritas entre el año 45 y el 30 y por otro las producidas entre el 23 y el 13 a.C.
En el primer grupo tenemos que situar los Sermones, escritos en el período anterior al gobierno de Augusto y en los que se percibe una mayor dureza en el tono de lo que será habitual en las obras posteriores. En el libro primero Horacio realiza una crítica moral y literaria y en alguna de ellas introduce elementos autobiográficos; los temas son variados: la alabanza del justo medio (est modus in rebus), la crítica de la rigidez y la intransigencia de los estoicos hecha desde una perspectiva epicúrea y, junto a estos temas filosóficos, otros como relatos de viajes (recogiendo una tema ya tratado por Lucilio). En el libro segundo el poeta escoge la forma de discusión libre (diatriba) entre interlocutores anónimos que habían popularizado algunos filósofos griegos, en especial los cínicos; la sátira se transforma así en una “charla” (sermo) animada que permite tratar con distintos puntos de vista diversos temas: fábulas, confidencias, teoría literaria, reflexiones personales y filosóficas, etc.
Todas sus composiciones satíricas, a las que el poeta seguía llamando Sermones, a partir del año l30-29 tienen forma de cartas en verso por lo que se nos han transmitido como Epistulae. Este segundo grupo de sátiras recogidas en dos libros es una obra de madurez y en ellas predomina sobre todo el tono didáctico. Dentro de esta obra tienen un interés muy especial tres cartas extensas en las que Horacio hace una crítica estética de la evolución de la literatura romana; dos de ellas nos han llegado formando parte del libro segundo, mientras que la tercera se considera una obra especial titulada De Arte Poetica.
En la primera de estas cartas, dirigida a Augusto, trata el poeta de las relaciones entre la literatura griega y la romana; la segunda está dirigida a Floro, al que con un tono muy personal desaconseja que se dedique a la poesía; por último, la titulada De Arte Poetica, dirigida a los Pisones, es un análisis extenso y técnico del arte literario.
Tanto en los Sermones como en las Epistulae el objetivo de Horacio era llevar a la mayor perfección formal la sátira y consolidad sus posibilidades artísticas. El lenguaje, la selección de palabras, el tono que puede ser culto o popular según el tema tratado, resultan ser instrumentos perfectos para la consecución de ese objetivo.

4.- La sátira de la época de Nerón: PERSIO

Se ha comentado ya que las circunstancias políticas que se imponen en Roma con la llegada del principado destierran de la sátira el ataque personal y la crítica mordaz: así se ha comentado a propósito de Horacio. A lo largo del siglo I d. C. el ambiente de reprensión y de desconfianza se acentúa y la sátira se va volviendo cada vez más abstracta y retórica, perdiendo contacto con la realidad cotidiana. A esta época pertenece la obra de Persio.
Aulo Persio Flaco era de origen etrusco; nació en Volterra en el año 34, en el seno de una familia de orden ecuestre. Huérfano de padre a muy temprana edad, marchó a Roma donde recibió una esmerada educación. Murió prematuramente en el año 62, cuando sólo contaba 28 años. Sus seis sátiras fueron publicadas después de su muerte por el lírico Cesio Baso, a quien Persio había dirigido la última de ellas. Fue discípulo del filósofo estoico Anneo Cornuto y la influencia de éste sobre el poeta es enorme tanto en su obra como en su vida. Aunque no participó en la vida política, se movió en los ambientes de la oposición estoica al gobierno del emperador Nerón.
Persio tomó la inspiración y los temas de la filosofía estoica, a cuyo servicio puso su poesía. En todo momento, incluso cuando habla de teoría literaria, se sitúa en una posición moralizadora y convierte su obra en una exposición de la rígida moral del estoicismo de la época de Nerón.
Su obra no es muy extensa, no sólo a causa de su temprana muerte sino muy especialmente porque no era poeta de inspiración fácil: escribía, según afirma su biógrafo con poca continuidad y lentamente (scriptitavit raro lentoque). Escribió en total seis sátiras. La primera trata de los problemas generales de la poesía y expone su posición al respecto. En las restantes se desarrollan los temas particularmente queridos para los estoicos: el verdadero espíritu de la religión, la educación, la libertad y el desprecio de la riqueza.
Persio es un poeta de una gran obscuridad. Persigue el lenguaje coloquial, pero se deja llevar por la corriente imperante de su época de utilizar recursos expresivos tomados de la retórica. Su obra es una mezcla de discursos, monólogos, interrogaciones retóricas y antítesis. Por todo ello su lengua es poco clásica, difícil, llena de metáforas desconcertantes y de palabras obscuras.
Fue muy valorado en la Antigüedad y durante la Edad Media, muy probablemente por el contenido moralizante de su obra pero en la época actual ha sufrido, frente a los otros poetas satíricos romanos, una creciente desvalorización.

5.- El último gran poeta satírico: JUVENAL

Es característico del género satírico su carácter fuertemente personal, que hace que la vida del autor se transparente en su obra y que sean frecuentes las alusiones autobiográficas; así lo hemos visto en Lucilio, en Horacio y en Persio. Sin embargo ésta es la primera diferencia entre Décimo Junio Juvenal y sus predecesores: Juvenal en sus sátiras no nos cuenta gran cosa sobre sí mismo; sí nos informa su obra sobre sus sentimientos ante la sociedad de su tiempo y, en definitiva, sobre su talante interior, pero no hay apenas alusiones a su vida personal.
Se sabe que nació en Aquino, ciudad del Lacio meridional, hacia el año 60 y que murió a edad avanzada con posterioridad al 127. Parece ser que era hijo de un liberto adinerado y que vivió la vida difícil de los clientes que recoge él mismo en sus sátiras. De los escasos datos que tenemos parece desprenderse que hizo carrera militar y recibió una sólida formación retórica.
La juventud y parte de la madurez y de Juvenal transcurre durante el funesto reinado de Domiciano, prototipo de tirano que estableció un auténtico régimen de terror y que marcó definitivamente al poeta. En el año 96 muere Domiciano y se inicia con Nerva y sus sucesores una época de restauración política, social y moral; es éste el momento que Juvenal, ya de mediana edad, elige para comenzar a publicar sus 16 sátiras en cinco libros ordenados por el mismo autor.
En la sátira inicial del libro I que, como ocurre en sus predecesores, tiene carácter programático, expone su deseo de escribir sátiras a la manera de Lucilio, realizando una agria crítica de la sociedad de su tiempo. Sin embargo el poeta declara en esa misma sátira que sólo hablará de personas ya muertas, de manera que dirige su indignación tantas veces sofocada contra la época de Domiciano. La sátira IV es particularmente ilustrativa de cuáles son los motivos y las intenciones del poeta: desahogarse del horror experimentado en el inmediato pasado y resarcirse del obligado silencio. La crítica alcanza tanto al emperador, al que se censura su arbitrariedad y su crueldad, como a la clase senatorial, inclinada a la adulación y a la delación. Sin embargo esta crítica se hace extensiva al presente porque los defectos de la sociedad se perpetuaban y se hacían difíciles de eliminar.
La actividad literaria de Juvenal duró aproximadamente unos treinta años y, como es natural, se observan diferencias en el contenido entre las primeras composiciones y las últimas; con el paso del tiempo disminuye la virulencia de los ataques y aborda cuestiones morales y narraciones de menor carga satírica.
En el campo de la lengua y el estilo, Juvenal aporta a la sátira toda su formación y su experiencia de retórico. Destaca sobre todo en las descripciones rápidas y concisas, sacadas de la observación de la realidad. Su utilización de la lengua es admirable por su fuerza y por su poder evocador. Juvenal es, al mismo tiempo que uno de los máximos representantes de la sátira romana, el punto y final de este género, el más típicamente romano.

EPIGRAMA

1.- Características del género

Etimológicamente el término epigrama se usa para referirse a las composiciones destinadas a ser grabadas en piedra. Así pues los primeros epigramas fueron composiciones breves pensadas para su inscripción con carácter votivo o funerario. Este tipo de epigrama arcaico está perfectamente documentado en Roma, pudiendo adscribirse a este tipo de poesía los primitivos “elogia” (composiciones laudatorias en honor de difuntos) todavía en versos saturnios.
El epigrama literario, difundido extraordinariamente en época helenística, tiene su origen en estas inscripciones y de ellas toman gran parte de las características del género: brevedad, concisión, ingenio y vivacidad expresiva. El epigrama literario, concebido para ser leído o recitado, extiende su temática y pasa a expresar la más variada gama de sentimientos; encontramos epigramas eróticos, satíricos, costumbristas, festivos y, por supuesto, fúnebres.
En Roma los primeros epigramas literarios datan de finales del siglo II a. C. y, siguiendo la moda alejandrina, describen en dísticos elegíacos sentimientos amorosos. En la segunda mitad del siglo I a. C. encontramos dentro de la variada obra de C. Valerio Catulo una importante serie de epigramas en los que narra los vaivenes de su relación con Lesbia así como puyas y críticas a competidores y enemigos. Igualmente en la Appendix Vergiliana, obra al gusto neotérico y que se piensa que fue escrita por Virgilio en su juventud, figuran una serie de epigramas recogidos con el nombre de Catalepton (”composiciones ligeras”).

2.- MARCIAL

Sin embargo el epigrama como forma literario alcanzó su configuración definitiva con Marco Valerio Marcial (aprox. 40 d. C- 103/104); él es el único escritor que adopta el epigrama como forma exclusiva para expresar sus ideas y sentimientos, dando a esta composición el carácter que actualmente tiene.
Nació Marcial en Bílbilis, una pequeña población situada en la Hispania Tarraconense. En el 64 marchó a Roma donde, falto de medios económicos, tuvo que adaptarse a la vida de “cliente” sometido a la protección de patronos. La mayor parte de su vida transcurre en Roma, pues ya no regresaría a Bilbilis hasta el 98, sólo unos años antes de su muerte, cuya fecha exacta no se conoce; el único dato que nos permite realizar alguna suposición en torno a la muerte de Marcial es que Plinio el Joven hace alusión a la misma en una carta fechada en el 104. Sin embargo, a pesar de su prolongada ausencia, la vinculación del poeta con su tierra española es uno de sus rasgos definitorios; su poesía deja entrever un amor obstinado por su tierra, sus paisajes y, muy especialmente, por el tipo de vida que allí se puede vivir.
Marcial escribía poesía para ganarse la vida; sus primeros epigramas fueron obras de ocasión. La primera colección figura como un libro aparte y se titula Liber spectaculorum; fue compuesto para celebrar la inauguración del Coliseo (anfiteatro Flavio) por el emperador Tito y describía los espectáculos que allí se sucedieron. De esta obra conservamos treinta y tres poemas interesantes por la información que proporcionan sobre este tipo de espectáculos. Al Liber spectaculorum siguieron dos nuevas obras ocasionales: Xenia y Apophoreta; eran pequeños poemas dedicados a acompañar los regalos que se intercambiaban con motivos de las Saturnales. Los Xenia y Apophoreta aparecen recogidos como los libros 13 y 14 de los epigramas.
A partir del año 86 comienza a publicar su obra más importante: alrededor de 1.500 epigramas agrupados en doce libros y basados en la observación burlona de la vida. Suelen ser composiciones breves, en la que se expresa con concisión y acierto una idea. El metro más utilizado es el dístico elegíaco, aunque utiliza también con frecuencia el coliambo y el endecasílabo. En algunos de los libros coloca como introducción un prefacio en prosa en el que se defiende de las críticas.
La poesía de Marcial no se explica sin la ciudad de Roma; por todas partes se muestra en sus epigramas con gran realismo los distintos tipos humanos que se movían por la corrompida sociedad romana de la época de los Flavios: cazadores de fortuna, delatores, glotones, etc… No faltan tampoco las alusiones personales y así se reflejan en su obra las dificultades de su vida de cliente, sus quejas por la tacañería de los patronos e incluso su demanda de regalos y préstamos. Las composiciones dedicadas al emperador Domiciano son abiertamente aduladoras, sin que parezca que esto le resultara humillante: consideraba la adulación un medio para sobrevivir, y lo cierto es que gracias a ella consiguió de Tito y Domiciano ciertos honores y compensaciones.
Como obra literaria los epigramas de Marcial responden a una postura de reacción contra los usos y modos literarios imperantes en su tiempo. Era ésta una época en la que predominaba un gusto clasicista que llenaba las obras de adornos mitológicos y retóricos, imponiéndose las declamaciones y descripciones de carácter épico. En el uso de la lengua se rechazaban las expresiones vulgares, el “llamar a las cosas por su nombre”, el detenerse en asuntos desagradables sórdidos u obscenos. A todo esto opone Marcial su obra.
En primer lugar, frente a las grandes composiciones narrativas él se inclina por el epigrama, la forma más humilde de poesía; en segundo lugar reclama su derecho a expresarse con “la cruda verdad de las palabras” (lasciva verborum veritas). Consigue de esta forma una claridad de expresión difícilmente imitable y la sencillez de sus versos, a pesar de estar hechos con gran cuidado, da impresión de improvisación.
La intención de Marcial es simplemente representar la vida de la sociedad de su tiempo, sin falsos pudores y sin tapujos, quizá por ese motivo en ocasiones resulta excesivamente obsceno. Su actitud es más de cansancio y hastío que de indignación ante los vicios y defectos de la sociedad; busca provocar más la risa o la burla que la reprobación. La actitud de Marcial está lejos de la propugnada por los poetas satíricos porque no tiene intención moralizadora, no intenta provocar un cambio de actitud sino simplemente observar la realidad desde su aspecto más risible y jocoso. Además, y este es otro rasgo que lo separa de los poetas satíricos, nunca utiliza la invectiva o el ataque personal; las personas a las que se refieren sus epigramas son en la mayor parte de los casos imaginarias. Este deseo de no realizar ataques personales lo expuso con un verso que, libremente traducido, resume ese dicho popular que reza así: “se dice el pecado, pero no el pecador” (parcere personis, dicere de vitiis).
Su servilismo al dirigirse a los emperadores, la libertad en el uso de la lengua y la obscenidad de que son frecuencia hace gala motiva que su valoración haya variado según las épocas. En su tiempo tenía gran aceptación por el pueblo, mientras despertaba críticas airadas entre los poetas que respetaban las tendencias de la poesía clasicista. Lo cierto es que con su forma directa de escribir, con su ingenio y vivacidad dio al término epigrama las características con las que ha pasado a la literatura actual.

La oratoria

LA ORATORIA.

LA RETÓRICA.

 

Como género literario, la oratoria es el arte de pronunciar con elocuencia un discurso. La retórica es el arte de bien decir, de embellecer la expresión de los conceptos, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover.

 

El desarrollo de la oratoria, tanto en Atenas como en Roma, corre paralelo al de la vida pública: la complejidad de las relaciones sociales incide en la proliferación de los juicios entre ciudadanos particulares; de la participación en los asuntos públicos de un número cada vez mayor de personas con derecho a voto se deriva la necesidad de convencer a éstas de los programas políticos de los diversos partidos por medio de discursos ante el pueblo o ante el senado.

 

Podemos hablar, pues, de oratoria política (ante el pueblo o ante el senado) y de oratoria forense (ante los jueces). Con frecuencia, los abogados que se distinguían en la defensa de algún particular alcanzaban una notoriedad que luego les serviría para introducirse en la carrera política.

 

Tal fue el caso de un joven poco conocido, de procedencia obscura y de familia sine nobilitate que saltó a la fama por ser el único abogado que aceptó la defensa de un particular llamado Sexto Roscio Amerino contra los abusos de un tal Crisógono, que había sido colaborador del dictador Sila. Su defensa fue tan brillante que los jueces dictaminaron a favor de Amerino. Este joven, homo novus, se llamaba Marcus Tullius Cicero. Era el 81 a. d. C. y Cicerón tenía 25 años de edad. A partir de entonces, sus defensas se contaron por éxitos y su carrera política no parecía tener límites: hasta el punto de ser admitido en el partido de los senatoriales, es decir, de los conservadores que se oponían sistemáticamente a todo tipo de reformas que supusieran alguna merma de sus privilegios de clase.

 

Nacido en Arpinio, ciudad del Lacio, había recibido la educación propia de los jóvenes destinados a seguir el cursus honorum, incluyendo una estancia de unos tres años en Grecia, primero en Atenas, en donde aprendió fundamentalmente filosofía, y luego en Rodas, en la escuela de retórica del famoso Molón, por quien sintió un gran agradecimiento toda su vida.

 

De regreso a Roma, se casó con una rica heredera, Terencia, mujer magna virtute, de quien parece que se divorció muchos años después. Sus desgracias familiares quedan patentes en las numerosas cartas que conservamos de él.

 

En el año de su consulado pronunció un conjunto de cuatro discursos políticos (dos ante el senado y dos ante el pueblo) que se han convertido en los más famosos de toda la historia de este género literario: In Catilinam orationes quattuor, más conocidos como “Las Catilinarias”. 

 

El fin de su consulado fue también el principio de sus desgracias personales y políticas: el destierro por su excesivo celo en la persecución de los partidarios de Catilina, la muerte de sus dos hijos y el divorcio de su esposa Terencia, las victorias militares y políticas de los personajes contra los que se había ensañado en sus discursos (César, Antonio) y su muerte a manos de esbirros enviados por Marco Antonio.

 

Hasta nosotros han llegado unos sesenta de los ciento veinte discursos que Cicerón pronunció durante su vida, doce de sus veintiún tratados de retórica y filosofía y cuatro libros de cartas. Todas estas obras están escritas en un latín puro, fluido, perfecto, modelo de escritores romanos y que lo seguirá siendo hasta en la Edad Media, e incluso en las clases de Latín de los institutos de nuestros días.

 

De sus discursos podemos destacar los siguientes:

Pro Sexto Roscio Amoerino, el primero que pronunció, de carácter forense y que le abrió las puertas de la fama.

 

Pro Archia poeta, en defensa del poeta griego Arquías, en el que, además, hace un elogio encendido de los estudios humanísticos. La palabra “humanitas” aparece con frecuencia en este discurso y resulta difícil tarducirla, porque su contenido semántico es complejo. Por una parte, equivale al vocablo griego filanqrwpia, entendido como “benevolencia, sentimiento de simpatía general hacia el género humano”; por otra, está cerca también del término paideia, es decir, “cultura y formación”, algo que es propio del ser humano. Para Cicerón, el estudio de las Humanidades es un medio para que el hombre “modele su espíritu y su inteligencia, se haga a sí mismo según su propia voluntad”. Pero, a lo largo de este discurso y de sus tratados filosóficos, Cicerón va más allá y añade al vocablo “humanitas” la noción de “libertad”, entendida como concepto filosófico y moral: la perfectibilidad humana, la posibilidad de que cada individuo, apoyándose en los modelos y en la sabiduría de los libros, forje su propia personalidad.

 

In Catilinam orationes quattuor, con los que desenmascaró al conspirador Catilina ante el senado y ante el pueblo; está lleno de referencias a personajes ilustres de la historia romana que dieron muestras de rigor y eficacia en la represión contra los cupidi rerum novarum.

 

In Verrem orationes septem, de los que sólo pronunció dos contra este personaje, Verres, que se había aprovechado de su cargo de propretor en Sicilia para enriquecerse; los últimos cinco discursos no tuvo necesidad de pronunciarlos: Verres, temiendo la sentencia, huyó de Roma.

 

En el año 44 César, que había perdonado a Cicerón por sus violentos ataques y su apoyo a Pompeyo durante la guerra civil, es asesinado: Cicerón se pone en esta ocasión de parte de Octavio, sobrino de César, y pronuncia catorce discursos contra Marco Antonio: In Antonium orationes quattuordecim, con un estilo tan violento que han pasado a conocerse como “Las Filípicas”, en recuerdo de los discursos que Demóstenes pronunció en Atenas contra el rey Filipo de Macedonia. Aún hoy, en castellano, la palabra filípica es sinónimo de ataque verbal riguroso y violento contra alguien.

Estos discursos le valieron, un año más tarde, la muerte: Marco Antonio, que había hecho un pacto de poder con Octavio y Lépido (el segundo Triunvirato), ordenó que persiguieran a Cicerón, que había huido de Roma. Es alcanzado e inmediatamente decapitado en Gaeta. Era el 7 de Diciembre del año 43 a. d. C. Su cabeza y sus manos fueron expuestas públicamente en la tribuna del foro.

 

Aunque la figura de Cicerón domina, en el panorama de la literatura romana, el género de la oratoria, éste no partió realmente de un vacío: desde el momento mismo de la creación de las instituciones republicanas aparece la necesidad de los discursos políticos y tenemos noticia de la elocuencia de personajes públicos tan notables como los hermanos Graco, Cayo y Tiberio. Además, también en este género, los romanos cuentan con el ejemplo del nutrido elenco de oradores áticos: Demóstenes fue el modelo continuo de Cicerón.

 

Cicerón, como teórico del arte de la oratoria, compuso varios libros:

 

De oratore libri tres: sobre la importancia de las cualidades naturales y la práctica de una metodología para desarrollar la elocuencia, aparte de la necesidad de poseer una cultura enciclopédica.

 

Brutus sive de claris oratoribus es una obra histórica sobre los principales oradores griegos y latinos.

 

Orator es una continuación del De oratore: Cicerón se muestra mucho más técnico y adoctrina sobre cómo llegar a dominar el arte de la oratoria.

 

Con la decadencia de las instituciones republicanas, el declive de la oratoria es imparable. La retórica aparece ahora como reducto del bien decir: ya no importa tanto qué decir, sino cómo decirlo.  Y el máximo representante de esta técnica es un español de Calahorra: Marcus Fabius Quintilianus.

 

Quintiliano nació hacia el año 40, fue a Roma con objeto de hacer sus estudios y regresó a España en el 60. Vuelve de nuevo a Roma en el 68, en el séquito de Galba, ya emperador, y alterna con grandeza y brillo una doble carrera de abogado y de rétor. Juvenal, veinte años más joven que él, lo califica como “el tipo de abogado insoportablemente perfecto”: no se trata de un cumplido. Su obra principal se titula Institutio oratoria, vasto conjunto de doce libros donde se exponen todas las técnicas, las recetas, e incluso las triquiñuelas de la elocuencia, dentro del marco de una pedagogía general. El arte de expresarse es la meta suprema de la educación. La enseñanza en la familia, en las escuelas de gramática y en las escuelas superiores debe orientarse enteramente hacia esa meta: el modelo es Cicerón.

 

En el año 70 fue nombrado director de la primera escuela oficial, enteramente subvencionada por el estado, y que daba una enseñanza programada con arreglo a directivas oficiales. Quintiliano tenía, en pedagogía, ideas completamente revolucionarias. A los castigos corporales y a la disciplina basada en el terror prefería la persuasión; negaba la eficacia de la educación individual por preceptores y propugnaba la escuela común. Exigía de los maestros unas cualidades y una actitud que hasta entonces no concurrían en los esclavos griegos del cuerpo docente de Roma:

 

Ante todo, que el maestro tenga con respecto a sus alumnos sentimientos paternales; que se considere como si ocupara el lugar de los padres que le confían a sus hijos; que su severidad no tenga nada de triste, ni su dulzura nada de flojedad; el exceso de la una engendra el odio, el de la otra el desprecio. Que cada día anime a sus lecciones con algunas palabras bondadosas, que irán al corazón de sus alumnos. Pues si la lectura aporta suficientes buenos ejemplos, la voz que habla ejerce una acción más profunda, sobre todo si es la de un maestro a quien quieren los alumnos.

(Fragmento del libro X).

 

—————————————–

 

Llevan a los condenados a prisión, secretamente; su suplicio se prepara, y empieza el de sus desdichados padres con la prohibición de ver a sus hijos y de llevarles alimentos y vestidos. Esos padres, a quienes veis, yacían en el umbral, y las madres, ¡desdichadas!, pasaban las noches en la puerta de la cárcel, sin permitírseles abrazar a sus hijos por última vez; no pedían otra cosa sino recoger en un beso el último aliento de sus hijos. El portero de la prisión estaba en su puesto, el verdugo del pretor, el terror y la muerte de los aliados y de los ciudadanos, el lictor Sextio; cada gemido, cada muestra de dolor le proporcionaba dinero al contado, y a precio fijo: “Una entrevista vale tanto; el permiso de entrar alimentos, tanto”. Nadie se negaba. “Dime, ¿qué me darás por que mate a tu hijo de un solo hachazo para no prolongar su suplicio, para quitarle la vida sin que sufra, para ahorrarle muchos golpes?”. Incluso por esto daban dinero al lictor.

¡Por los dioses inmortales! ¿Qué pensáis, pues, jueces? ¿Con qué corazón escucháis? ¿Acaso estoy delirando? ¿Es que tomo demasiado por lo trágico este abismo de miseria? O vosotros, también, ¿no sufrís como yo por ese luto, por esas torturas atroces impuestas a unos inocentes?

(Fragmento de “Las Verrinas”).

 

¡Cuántos cronistas de sus hazañas se cuenta que llevó consigo el célebre Alejandro Magno! Y sin embargo, cuando llegó junto al sepulcro de Aquiles en Sigeo, exclamó: “¡Qué afortunado joven, que tuviste a Homero como cantor de tu valor!” Y con razón, pues, si no hubiera existido la famosa “Ilíada”, el mismo túmulo que tapaba su cuerpo también habría sepultado su nombre.

(Fragmento de “Pro Archia”)

 

Pero que nadie se extrañe de que yo hable de esta forma pensando que es distinto el tipo de talento literario de éste y que no tiene conocimientos y que no tiene conocimientos ni práctica en la oratoria; tampoco yo me he entregado nunca por completo al único estudio de la oratoria. Ciertamente todas las ciencias que atañen a los estudios de las humanidades poseen un vínculo común y están unidas entre sí por un cierto parentesco.

(Fragmento de “Pro Archia”)

 

 

 

   

  LA ORATORIA. LA RETÓRICA. ESQUEMA

 

1. Introducción.

 

Definición de la oratoria

y de la retórica.

 

Funciones sociales.

 

Tipos de oratoria.

 

 

2. Cicerón.

 

Sus comienzos.

 

Datos biográficos.

 

Principales discursos:

forenses y  políticos.

 

Importancia de Cicerón

como orador.

 

Sus tratados de retórica.       

 

3.Quintiliano.

 

Decadencia de la oratoria.

 

Datos biográficos.

 

Su obra.

 

Quintiliano educador.

 

4. Textos para lectura.

 

 

 

 

 

 

 

CATULO

SOBRE EL POETA CATULO

(Artículo de Inma Manzanares en www.leergratis.com )

“Odio y amo. Quizás te preguntes por qué hago esto.

No sé, pero siento que es así y sufro”

Estos magistrales versos (mucho más hermosos en su idioma original, en latín) son de uno de los más insignes poetas no ya del mundo romano sino de todos los tiempos.

Nos referimos al poeta Catulo y estos dos versos conforman el epigrama LXXXV, dedicado como muchos otros de sus poemas a ‘Lesbia’.

Cayo Valerio Catulo nació en Verona en la última mitad del siglo I a.C., probablemente hacia el año 87. Sea como fuere, lo importante es que le tocó vivir una de las épocas más movidas de la historia romana: desde la dictadura de Sila hasta el primer triunvirato, es decir, el paso de la Roma republicana y aristocrática a la época del principado con una Roma abierta y cosmopolita.

En sus poemas se ve esta apertura hacia el mundo helenístico que caracteriza a los jóvenes poetas (poeta novi) del siglo I antes de nuestra era. Poetas que querían cambiar el aspecto de la cultura romana, que vieron la necesidad de cambiar para que, anquilosada, no muriera. ¿No hay cierto paralelismo entre estos poetas y nuestra Generación del 27? Desde luego no hay nada nuevo bajo el sol.

Pero volvamos a Catulo. En Verona, Catulo puede que haya conocido a Quinto Metelo Céler y a su esposa Clodia, de la que se enamoraría definitivamente y que sería, probablemente siempre, su amada (u odiada) Lesbia (el seudónimo es un juego de Catulo, se debe a la isla de Lesbos, donde vivió Safo, la poetisa griega). Algunos piensan que fue precisamente el regreso de Metelo y familia a Roma lo que hizo que Catulo viajara hasta la capital de la República. Claro, suponemos también que influyó en su ánimo el hecho de que un joven con aspiraciones literarias, de noble linaje, quisiera conocer las innovaciones culturales que se realizaban en Roma.

El caso es que nos encontramos con Catulo en plena Roma, admitido en un grupo de jóvenes audaces en el arte, de una clase alta, con gustos refinados, amparados en una gran camadería, enemigos de todo lo que representaba los antiguos valores itálicos, pero lejos también del populismo representado por César. Jóvenes disconformes y revolucionarios culturalmente (¿ven, de nuevo, algún paralelismo?).

Y para comprobar con quién se llevaba bien Catulo no hay que indagar en libros de historia o suponer relaciones, simplemente hay que leer sus poemas. Ellos son la prueba evidente de sus amistades y de sus odios. Catulo ama a sus amigos, de forma incondicional, se ríe con ellos, los llora, les recrimina sus relaciones con otras personas, los echa de menos… y desprecia a sus enemigos con tanta fuerza como quiere a sus amigos.

Al regreso de su amigo Veranio, le dedica estos versos:

“Veranio, el que yo prefiero

entre mis trescientos mil amigos,

¿es cierto que has vuelto a tu casa, junto a tus penates

y a tus bien avenidos hermanos y tu anciana madre?

Has vuelto. ¡Oh, noticias gratas para mí!…”

Pero, también escribe:

“No me preocupo demasiado en procurar serte agradable, César,

ni en saber si eres hombre blanco o negro”

Como decía el primer verso que pusimos, odia y ama.

Pero aquellos versos iban dirigidos a Lesbia. Lesbia está siempre. La ama, pese a que todos le hablan en contra de ella: “Vivamos, Lesbia mía, y amémonos, y todos las murmuraciones de los viejos severos no nos importen ni un as. Los soles pueden morir y volver a salir; pero nosotros, cuando nuestra breve luz se apague una sola vez, tendremos que dormir una noche eterna…”.

De ella necesita tantos besos como estrellas haya en el firmamento o granos de arena en el desierto. Y, sin embargo, ella no fue siempre la amada entregada: “Ahora ella ya no te quiere; tú insensato no la quieras tampoco, y no persigas lo que huye, ni entristezcas tu vida…” y en otra: “Lesbia siempre me maldice, pero nunca deja de hablar de mí: que me muera si no me quiere…” y acaba: “Celio, nuestra Lesbia, aquella Lesbia, la Lesbia aquella a la que Catulo, a ella sola, quiso más que a sí mismo y que a todos los suyos, ahora por plazuelas y callejones regala sus favores a los nietos del magnánimo Remo”

Y Catulo escribe también poemas que parecen encargados o ejercicios retóricos, en los que la influencia helenística es tan grande que llega, incluso a traducir poemas de Calímaco. En estos poemas, Catulo, sin dejar de ser el poeta humano y sensible, muestra todo su saber mitológico e histórico.

Los poemas de Catulo no han perdido su frescura. Si se pueden leer en latín, sería estupendo, porque no se pierde la sonoridad y el ritmo original, pero existen muy buenas traducciones al español. Yo aconsejo, dos, una la que hace Luis Antonio de Villena en su ensayo Catulo (1979), en ed. Júcar y otra la de Juan Petit, la de Villena es, en realidad, una antología, la de Petit es traducción del corpus completo. Ambas son bilingües. Hay también otra de González Iglesias (2006), pero ésta no la conozco.

 

Ejemplo de Noticia con vídeo

Welcome to WordPress. This is your first post. Edit or delete it, then start blogging contrato-de-diseno-de-pagina-web