Archivo de la Categoría ‘Literatura’
FÁBULA, SÁTIRA Y EPIGRAMA
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FÁBULA 1.- Introducción: La fábula, relato en el que intervienen animales que reproducen defectos y comportamientos de los hombres y que concluye con una moraleja, había tenido una cierta utilización dentro de otros géneros desde Ennio, pero no surge en la literatura latina como un género independiente con sus características propias hasta el siglo I d. de C., por obra de Fedro. 2.- Fedro.- |
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SÁTIRA 1.- Características del género El término “satura” designa un género literario que, si bien recibe influencias del drama griego y de las diatribas de los filósofos cínicos, se desarrolla por primera vez en Roma como tal género con características bien definidas; por este motivo Quintiliano se jactaba de que “la sátira al menos es un logro totalmente romano”. 2.- LUCILIO: el creador del género Horacio fue el primero en otorgar a Lucilio de Suessa Aurunca el privilegio de ser el creador de la sátira como género literario autónomo. No existe ninguna “vita” que nos aporte datos fidedignos sobre su vida, aunque, al ser la sátira un género muy personal, podemos obtener alguna información de los fragmentos que nos han llegado de sus Saturae. Sabemos que nació en Suessa Aurunca, localidad de la Campania, hacia el 180 a. de C. y que estuvo muy vinculado con el círculo de los Escipiones, sirviendo en la caballería en Hispania a las órdenes de Escipión. De familia acaudalada, escribió en provecho y en defensa del grupo de aristócratas reunidos en torno a los Escipiones y que propugnaban reformas moderadas en el terreno social y político. Murió a edad avanzada en Nápoles entre el 102 y el 101 a. C. 3.- HORACIO: Sermones y Epistulae Si Lucilio es considerado como el fundador del género satírico, a Horacio, su continuador como él mismo se proclama, le cabe el mérito de haberlo llevado a la perfección formal. 4.- La sátira de la época de Nerón: PERSIO Se ha comentado ya que las circunstancias políticas que se imponen en Roma con la llegada del principado destierran de la sátira el ataque personal y la crítica mordaz: así se ha comentado a propósito de Horacio. A lo largo del siglo I d. C. el ambiente de reprensión y de desconfianza se acentúa y la sátira se va volviendo cada vez más abstracta y retórica, perdiendo contacto con la realidad cotidiana. A esta época pertenece la obra de Persio. 5.- El último gran poeta satírico: JUVENAL Es característico del género satírico su carácter fuertemente personal, que hace que la vida del autor se transparente en su obra y que sean frecuentes las alusiones autobiográficas; así lo hemos visto en Lucilio, en Horacio y en Persio. Sin embargo ésta es la primera diferencia entre Décimo Junio Juvenal y sus predecesores: Juvenal en sus sátiras no nos cuenta gran cosa sobre sí mismo; sí nos informa su obra sobre sus sentimientos ante la sociedad de su tiempo y, en definitiva, sobre su talante interior, pero no hay apenas alusiones a su vida personal. |
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EPIGRAMA 1.- Características del género Etimológicamente el término epigrama se usa para referirse a las composiciones destinadas a ser grabadas en piedra. Así pues los primeros epigramas fueron composiciones breves pensadas para su inscripción con carácter votivo o funerario. Este tipo de epigrama arcaico está perfectamente documentado en Roma, pudiendo adscribirse a este tipo de poesía los primitivos “elogia” (composiciones laudatorias en honor de difuntos) todavía en versos saturnios. 2.- MARCIAL Sin embargo el epigrama como forma literario alcanzó su configuración definitiva con Marco Valerio Marcial (aprox. 40 d. C- 103/104); él es el único escritor que adopta el epigrama como forma exclusiva para expresar sus ideas y sentimientos, dando a esta composición el carácter que actualmente tiene. |
La oratoria
LA ORATORIA.
LA RETÓRICA.
Como género literario, la oratoria es el arte de pronunciar con elocuencia un discurso. La retórica es el arte de bien decir, de embellecer la expresión de los conceptos, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover.
El desarrollo de la oratoria, tanto en Atenas como en Roma, corre paralelo al de la vida pública: la complejidad de las relaciones sociales incide en la proliferación de los juicios entre ciudadanos particulares; de la participación en los asuntos públicos de un número cada vez mayor de personas con derecho a voto se deriva la necesidad de convencer a éstas de los programas políticos de los diversos partidos por medio de discursos ante el pueblo o ante el senado.
Podemos hablar, pues, de oratoria política (ante el pueblo o ante el senado) y de oratoria forense (ante los jueces). Con frecuencia, los abogados que se distinguían en la defensa de algún particular alcanzaban una notoriedad que luego les serviría para introducirse en la carrera política.
Tal fue el caso de un joven poco conocido, de procedencia obscura y de familia sine nobilitate que saltó a la fama por ser el único abogado que aceptó la defensa de un particular llamado Sexto Roscio Amerino contra los abusos de un tal Crisógono, que había sido colaborador del dictador Sila. Su defensa fue tan brillante que los jueces dictaminaron a favor de Amerino. Este joven, homo novus, se llamaba Marcus Tullius Cicero. Era el 81 a. d. C. y Cicerón tenía 25 años de edad. A partir de entonces, sus defensas se contaron por éxitos y su carrera política no parecía tener límites: hasta el punto de ser admitido en el partido de los senatoriales, es decir, de los conservadores que se oponían sistemáticamente a todo tipo de reformas que supusieran alguna merma de sus privilegios de clase.
Nacido en Arpinio, ciudad del Lacio, había recibido la educación propia de los jóvenes destinados a seguir el cursus honorum, incluyendo una estancia de unos tres años en Grecia, primero en Atenas, en donde aprendió fundamentalmente filosofía, y luego en Rodas, en la escuela de retórica del famoso Molón, por quien sintió un gran agradecimiento toda su vida.
De regreso a Roma, se casó con una rica heredera, Terencia, mujer magna virtute, de quien parece que se divorció muchos años después. Sus desgracias familiares quedan patentes en las numerosas cartas que conservamos de él.
En el año de su consulado pronunció un conjunto de cuatro discursos políticos (dos ante el senado y dos ante el pueblo) que se han convertido en los más famosos de toda la historia de este género literario: In Catilinam orationes quattuor, más conocidos como “Las Catilinarias”.
El fin de su consulado fue también el principio de sus desgracias personales y políticas: el destierro por su excesivo celo en la persecución de los partidarios de Catilina, la muerte de sus dos hijos y el divorcio de su esposa Terencia, las victorias militares y políticas de los personajes contra los que se había ensañado en sus discursos (César, Antonio) y su muerte a manos de esbirros enviados por Marco Antonio.
Hasta nosotros han llegado unos sesenta de los ciento veinte discursos que Cicerón pronunció durante su vida, doce de sus veintiún tratados de retórica y filosofía y cuatro libros de cartas. Todas estas obras están escritas en un latín puro, fluido, perfecto, modelo de escritores romanos y que lo seguirá siendo hasta en la Edad Media, e incluso en las clases de Latín de los institutos de nuestros días.
De sus discursos podemos destacar los siguientes:
Pro Sexto Roscio Amoerino, el primero que pronunció, de carácter forense y que le abrió las puertas de la fama.
Pro Archia poeta, en defensa del poeta griego Arquías, en el que, además, hace un elogio encendido de los estudios humanísticos. La palabra “humanitas” aparece con frecuencia en este discurso y resulta difícil tarducirla, porque su contenido semántico es complejo. Por una parte, equivale al vocablo griego filanqrwpia, entendido como “benevolencia, sentimiento de simpatía general hacia el género humano”; por otra, está cerca también del término paideia, es decir, “cultura y formación”, algo que es propio del ser humano. Para Cicerón, el estudio de las Humanidades es un medio para que el hombre “modele su espíritu y su inteligencia, se haga a sí mismo según su propia voluntad”. Pero, a lo largo de este discurso y de sus tratados filosóficos, Cicerón va más allá y añade al vocablo “humanitas” la noción de “libertad”, entendida como concepto filosófico y moral: la perfectibilidad humana, la posibilidad de que cada individuo, apoyándose en los modelos y en la sabiduría de los libros, forje su propia personalidad.
In Catilinam orationes quattuor, con los que desenmascaró al conspirador Catilina ante el senado y ante el pueblo; está lleno de referencias a personajes ilustres de la historia romana que dieron muestras de rigor y eficacia en la represión contra los cupidi rerum novarum.
In Verrem orationes septem, de los que sólo pronunció dos contra este personaje, Verres, que se había aprovechado de su cargo de propretor en Sicilia para enriquecerse; los últimos cinco discursos no tuvo necesidad de pronunciarlos: Verres, temiendo la sentencia, huyó de Roma.
En el año 44 César, que había perdonado a Cicerón por sus violentos ataques y su apoyo a Pompeyo durante la guerra civil, es asesinado: Cicerón se pone en esta ocasión de parte de Octavio, sobrino de César, y pronuncia catorce discursos contra Marco Antonio: In Antonium orationes quattuordecim, con un estilo tan violento que han pasado a conocerse como “Las Filípicas”, en recuerdo de los discursos que Demóstenes pronunció en Atenas contra el rey Filipo de Macedonia. Aún hoy, en castellano, la palabra filípica es sinónimo de ataque verbal riguroso y violento contra alguien.
Estos discursos le valieron, un año más tarde, la muerte: Marco Antonio, que había hecho un pacto de poder con Octavio y Lépido (el segundo Triunvirato), ordenó que persiguieran a Cicerón, que había huido de Roma. Es alcanzado e inmediatamente decapitado en Gaeta. Era el 7 de Diciembre del año 43 a. d. C. Su cabeza y sus manos fueron expuestas públicamente en la tribuna del foro.
Aunque la figura de Cicerón domina, en el panorama de la literatura romana, el género de la oratoria, éste no partió realmente de un vacío: desde el momento mismo de la creación de las instituciones republicanas aparece la necesidad de los discursos políticos y tenemos noticia de la elocuencia de personajes públicos tan notables como los hermanos Graco, Cayo y Tiberio. Además, también en este género, los romanos cuentan con el ejemplo del nutrido elenco de oradores áticos: Demóstenes fue el modelo continuo de Cicerón.
Cicerón, como teórico del arte de la oratoria, compuso varios libros:
De oratore libri tres: sobre la importancia de las cualidades naturales y la práctica de una metodología para desarrollar la elocuencia, aparte de la necesidad de poseer una cultura enciclopédica.
Brutus sive de claris oratoribus es una obra histórica sobre los principales oradores griegos y latinos.
Orator es una continuación del De oratore: Cicerón se muestra mucho más técnico y adoctrina sobre cómo llegar a dominar el arte de la oratoria.
Con la decadencia de las instituciones republicanas, el declive de la oratoria es imparable. La retórica aparece ahora como reducto del bien decir: ya no importa tanto qué decir, sino cómo decirlo. Y el máximo representante de esta técnica es un español de Calahorra: Marcus Fabius Quintilianus.
Quintiliano nació hacia el año 40, fue a Roma con objeto de hacer sus estudios y regresó a España en el 60. Vuelve de nuevo a Roma en el 68, en el séquito de Galba, ya emperador, y alterna con grandeza y brillo una doble carrera de abogado y de rétor. Juvenal, veinte años más joven que él, lo califica como “el tipo de abogado insoportablemente perfecto”: no se trata de un cumplido. Su obra principal se titula Institutio oratoria, vasto conjunto de doce libros donde se exponen todas las técnicas, las recetas, e incluso las triquiñuelas de la elocuencia, dentro del marco de una pedagogía general. El arte de expresarse es la meta suprema de la educación. La enseñanza en la familia, en las escuelas de gramática y en las escuelas superiores debe orientarse enteramente hacia esa meta: el modelo es Cicerón.
En el año 70 fue nombrado director de la primera escuela oficial, enteramente subvencionada por el estado, y que daba una enseñanza programada con arreglo a directivas oficiales. Quintiliano tenía, en pedagogía, ideas completamente revolucionarias. A los castigos corporales y a la disciplina basada en el terror prefería la persuasión; negaba la eficacia de la educación individual por preceptores y propugnaba la escuela común. Exigía de los maestros unas cualidades y una actitud que hasta entonces no concurrían en los esclavos griegos del cuerpo docente de Roma:
Ante todo, que el maestro tenga con respecto a sus alumnos sentimientos paternales; que se considere como si ocupara el lugar de los padres que le confían a sus hijos; que su severidad no tenga nada de triste, ni su dulzura nada de flojedad; el exceso de la una engendra el odio, el de la otra el desprecio. Que cada día anime a sus lecciones con algunas palabras bondadosas, que irán al corazón de sus alumnos. Pues si la lectura aporta suficientes buenos ejemplos, la voz que habla ejerce una acción más profunda, sobre todo si es la de un maestro a quien quieren los alumnos.
(Fragmento del libro X).
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Llevan a los condenados a prisión, secretamente; su suplicio se prepara, y empieza el de sus desdichados padres con la prohibición de ver a sus hijos y de llevarles alimentos y vestidos. Esos padres, a quienes veis, yacían en el umbral, y las madres, ¡desdichadas!, pasaban las noches en la puerta de la cárcel, sin permitírseles abrazar a sus hijos por última vez; no pedían otra cosa sino recoger en un beso el último aliento de sus hijos. El portero de la prisión estaba en su puesto, el verdugo del pretor, el terror y la muerte de los aliados y de los ciudadanos, el lictor Sextio; cada gemido, cada muestra de dolor le proporcionaba dinero al contado, y a precio fijo: “Una entrevista vale tanto; el permiso de entrar alimentos, tanto”. Nadie se negaba. “Dime, ¿qué me darás por que mate a tu hijo de un solo hachazo para no prolongar su suplicio, para quitarle la vida sin que sufra, para ahorrarle muchos golpes?”. Incluso por esto daban dinero al lictor.
¡Por los dioses inmortales! ¿Qué pensáis, pues, jueces? ¿Con qué corazón escucháis? ¿Acaso estoy delirando? ¿Es que tomo demasiado por lo trágico este abismo de miseria? O vosotros, también, ¿no sufrís como yo por ese luto, por esas torturas atroces impuestas a unos inocentes?
(Fragmento de “Las Verrinas”).
¡Cuántos cronistas de sus hazañas se cuenta que llevó consigo el célebre Alejandro Magno! Y sin embargo, cuando llegó junto al sepulcro de Aquiles en Sigeo, exclamó: “¡Qué afortunado joven, que tuviste a Homero como cantor de tu valor!” Y con razón, pues, si no hubiera existido la famosa “Ilíada”, el mismo túmulo que tapaba su cuerpo también habría sepultado su nombre.
(Fragmento de “Pro Archia”)
Pero que nadie se extrañe de que yo hable de esta forma pensando que es distinto el tipo de talento literario de éste y que no tiene conocimientos y que no tiene conocimientos ni práctica en la oratoria; tampoco yo me he entregado nunca por completo al único estudio de la oratoria. Ciertamente todas las ciencias que atañen a los estudios de las humanidades poseen un vínculo común y están unidas entre sí por un cierto parentesco.
(Fragmento de “Pro Archia”)
LA ORATORIA. LA RETÓRICA. ESQUEMA
1. Introducción.
Definición de la oratoria
y de la retórica.
Funciones sociales.
Tipos de oratoria.
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2. Cicerón.
Sus comienzos.
Datos biográficos.
Principales discursos:
forenses y políticos.
Importancia de Cicerón
como orador.
Sus tratados de retórica.
3.Quintiliano.
Decadencia de la oratoria.
Datos biográficos.
Su obra.
Quintiliano educador.
4. Textos para lectura.
CATULO
SOBRE EL POETA CATULO
(Artículo de Inma Manzanares en www.leergratis.com )
“Odio y amo. Quizás te preguntes por qué hago esto.
No sé, pero siento que es así y sufro”
Estos magistrales versos (mucho más hermosos en su idioma original, en latín) son de uno de los más insignes poetas no ya del mundo romano sino de todos los tiempos.
Nos referimos al poeta Catulo y estos dos versos conforman el epigrama LXXXV, dedicado como muchos otros de sus poemas a ‘Lesbia’.
Cayo Valerio Catulo nació en Verona en la última mitad del siglo I a.C., probablemente hacia el año 87. Sea como fuere, lo importante es que le tocó vivir una de las épocas más movidas de la historia romana: desde la dictadura de Sila hasta el primer triunvirato, es decir, el paso de la Roma republicana y aristocrática a la época del principado con una Roma abierta y cosmopolita.
En sus poemas se ve esta apertura hacia el mundo helenístico que caracteriza a los jóvenes poetas (poeta novi) del siglo I antes de nuestra era. Poetas que querían cambiar el aspecto de la cultura romana, que vieron la necesidad de cambiar para que, anquilosada, no muriera. ¿No hay cierto paralelismo entre estos poetas y nuestra Generación del 27? Desde luego no hay nada nuevo bajo el sol.
Pero volvamos a Catulo. En Verona, Catulo puede que haya conocido a Quinto Metelo Céler y a su esposa Clodia, de la que se enamoraría definitivamente y que sería, probablemente siempre, su amada (u odiada) Lesbia (el seudónimo es un juego de Catulo, se debe a la isla de Lesbos, donde vivió Safo, la poetisa griega). Algunos piensan que fue precisamente el regreso de Metelo y familia a Roma lo que hizo que Catulo viajara hasta la capital de la República. Claro, suponemos también que influyó en su ánimo el hecho de que un joven con aspiraciones literarias, de noble linaje, quisiera conocer las innovaciones culturales que se realizaban en Roma.
El caso es que nos encontramos con Catulo en plena Roma, admitido en un grupo de jóvenes audaces en el arte, de una clase alta, con gustos refinados, amparados en una gran camadería, enemigos de todo lo que representaba los antiguos valores itálicos, pero lejos también del populismo representado por César. Jóvenes disconformes y revolucionarios culturalmente (¿ven, de nuevo, algún paralelismo?).
Y para comprobar con quién se llevaba bien Catulo no hay que indagar en libros de historia o suponer relaciones, simplemente hay que leer sus poemas. Ellos son la prueba evidente de sus amistades y de sus odios. Catulo ama a sus amigos, de forma incondicional, se ríe con ellos, los llora, les recrimina sus relaciones con otras personas, los echa de menos… y desprecia a sus enemigos con tanta fuerza como quiere a sus amigos.
Al regreso de su amigo Veranio, le dedica estos versos:
“Veranio, el que yo prefiero
entre mis trescientos mil amigos,
¿es cierto que has vuelto a tu casa, junto a tus penates
y a tus bien avenidos hermanos y tu anciana madre?
Has vuelto. ¡Oh, noticias gratas para mí!…”
Pero, también escribe:
“No me preocupo demasiado en procurar serte agradable, César,
ni en saber si eres hombre blanco o negro”
Como decía el primer verso que pusimos, odia y ama.
Pero aquellos versos iban dirigidos a Lesbia. Lesbia está siempre. La ama, pese a que todos le hablan en contra de ella: “Vivamos, Lesbia mía, y amémonos, y todos las murmuraciones de los viejos severos no nos importen ni un as. Los soles pueden morir y volver a salir; pero nosotros, cuando nuestra breve luz se apague una sola vez, tendremos que dormir una noche eterna…”.
De ella necesita tantos besos como estrellas haya en el firmamento o granos de arena en el desierto. Y, sin embargo, ella no fue siempre la amada entregada: “Ahora ella ya no te quiere; tú insensato no la quieras tampoco, y no persigas lo que huye, ni entristezcas tu vida…” y en otra: “Lesbia siempre me maldice, pero nunca deja de hablar de mí: que me muera si no me quiere…” y acaba: “Celio, nuestra Lesbia, aquella Lesbia, la Lesbia aquella a la que Catulo, a ella sola, quiso más que a sí mismo y que a todos los suyos, ahora por plazuelas y callejones regala sus favores a los nietos del magnánimo Remo”
Y Catulo escribe también poemas que parecen encargados o ejercicios retóricos, en los que la influencia helenística es tan grande que llega, incluso a traducir poemas de Calímaco. En estos poemas, Catulo, sin dejar de ser el poeta humano y sensible, muestra todo su saber mitológico e histórico.
Los poemas de Catulo no han perdido su frescura. Si se pueden leer en latín, sería estupendo, porque no se pierde la sonoridad y el ritmo original, pero existen muy buenas traducciones al español. Yo aconsejo, dos, una la que hace Luis Antonio de Villena en su ensayo Catulo (1979), en ed. Júcar y otra la de Juan Petit, la de Villena es, en realidad, una antología, la de Petit es traducción del corpus completo. Ambas son bilingües. Hay también otra de González Iglesias (2006), pero ésta no la conozco.
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