Dédalo e Ícaro
Teseo, junto con los jóvenes atenienses y la princesa Ariadna, navega de regreso a Atenas: el viento sopla favorable en las velas del barco, el sol brilla espléndido en el cielo y el mar ondulado parece una llanura de azul intenso. El héroe, que dirige el timón junto a la bella muchacha cretense, pregunta a ésta: “Dime, Ariadna: ¿qué fue de Dédalo? Recuerdo que hace muchos años partió de Atenas después de construir en mi ciudad magníficos templos y palacios, y, hasta ahora, nunca ha regresado”. Ariadna responde:
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Debes saber que, cuando a mi familia y a todos los cretenses les acaeció la triste desdicha del nacimiento de mi espantoso hermano, el Minotauro, mi padre decidió que fuera encerrado en un lugar del que nunca pudiera salir. Para construir un edificio de esas características hizo venir de Atenas al más famoso de los arquitectos griegos, el sabio Dédalo, que llegó a mi reino acompañado de su joven hijo Ícaro. De inmediato se puso a dibujar el plano del Laberinto que ya conoces y en menos de un año ya estaba construido y habitado por el monstruo. Una vez terminadas las obras, en las que trabajaron más de dos mil esclavos traídos de tierras lejanas como Chipre y Egipto, el genial arquitecto pidió que se le pagara en monedas de oro el precio acordado porque quería regresar a su patria. Pero mi padre pensó: “¿Debo dejar partir a este magnífico constructor para que, con su arte inigualable, embellezca a mi enemiga Atenas y a otras ciudades y éstas puedan presumir de mejores edificios que mi poderoso reino?” Por eso, en lugar de dejarlo partir, lo encerró, junto a su hijo, en una alta torre desde donde pudiera diseñar nuevos edificios fabulosos y sorprendentes.
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¡Ingrato Minos! -dice Teseo- El pago que dio al pobre Dédalo por su trabajo portentoso fue la prisión. Pero dime, ¿aún están encerrados en la torre?.
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No -responde Ariadna-. Desde el mismo día en que fue privado de libertad comenzó a pensar en la manera de salir de la torre y huir de la isla. Cuentan que su hijo le propuso lo siguiente: “Trencemos una soga y podremos deslizarnos desde lo alto de la torre hasta el suelo”. Pero su padre respondió: “Aunque consiguiéramos salir de nuestra prisión, recuerda que estamos en una isla y necesitaríamos una nave que nosotros solos no podríamos manejar. Además, los soldados del rey nos perseguirían y pronto nos encontrarían”. Toda la noche la pasó el sabio buscando una solución que no encontraba, hasta que, al amanecer, un pequeño gorrión se posó en el alféizar de la ventana y, mientras oía sus trinos, llegó a la siguiente conclusión: “Sólo podríamos salvarnos si tuviéramos alas como este pequeño pájaro: sólo así podríamos surcar los aires y regresar volando a nuestra ciudad”. Despertó a su hijo y le ordenó. “Trae las sobras de la cena de anoche”. Ícaro las trajo, él las puso en el alféizar y, al punto, acudieron aves de todas clases que revoloteaban y peleaban por el fácil alimento, de manera que, en sus rápidos y alborotados aleteos, soltaban plumas de diversos colores y diferentes tamaños, hasta que, terminada toda la comida, levantaron el vuelo. Dédalo recogió y guardó las plumas pensando: “Mañana regresarán”.
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¿Para qué quería tal acopio de inútiles plumas?-preguntó nuestro héroe.
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Si atiendes, lo sabrás -respondió la princesa-, pues lo mismo preguntó Ícaro. Dédalo pidió a sus guardianes que le trajeran velas de cera para poder trabajar de noche pues, según les dijo, es por la noche cuando la inspiración le llegaba. Con ayuda de telas y de las plumas y de la cera derretida construyó dos pares de alas que asió a los brazos de su hijo y a los suyos propios. “Con estas alas -dijo Dédalo- podremos escapar volando de la isla, pero recuerda que no debes volar demasiado bajo, pues la humedad del mar puede despegar la cera; tampoco puedes volar demasiado alto, pues la cercanía del sol la puede derretir”. Así, desde lo alto de la torre saltaron al vacío y, moviendo los brazos como los pájaros, volaron por los aires.
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Frederic Leighton (s. XIX) Ícaro y Dédalo
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Y así escaparon -dijo Teseo.
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Sí -respondió Ariadna-, pero no todo salió bien. El joven Ícaro, embriagado por la velocidad y el delicioso vértigo, comenzó a ascender por los aires, sin atender a las advertencias de su padre. Las plumas de sus alas comenzaron a desprenderse y él, en picado, cayó al mar cerca de una plácida isla y allí pereció. Desde entonces, a la isla la llamamos Icaria. Dédalo, desesperado por la muerte de su hijo, siguió volando sin rumbo hasta que, agotado, puso pie en una lejana playa, cerca de la ciudad de Cumas, y allí, según cuentan, se quedó a vivir y ha construido un fabuloso templo al dios Apolo.
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Teseo, emocionado por el triste fin de Ícaro, siguió dirigiendo el timón con la mirada puesta en el horizonte a la espera de divisar alguna isla para reponer agua y alimentos. La mirada de Ariadna sólo se dirigía, llena de amor, al apuesto hijo de Egeo.

“La caída de Ícaro”, de Jacob Peter Gowy (s. XVII).

Isla de Icaria, en Grecia.
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