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EGEO

 

 

 

Mitos y leyendas

 

Departamento

de Latín

 

LECTURA:

EGEO

 

Análisis y traducción de frases

 

La nave ateniense se alejaba de la isla de Naxos. Teseo, desde la popa, divisaba todavía las ondulaciones de sus colinas y en su pensamiento se había instalado la tristeza: pensaba en la desdichada Ariadna y rogaba a los dioses para que la protegieran y le concedieran un feliz destino. Luego recordó a su padre.

 

  •  
    • ¡Qué gran noticia le llevo! - pensaba -. Al fin se libera mi patria de la cruel matanza de jóvenes y doncellas. ¿Cómo estará en estos momentos mi querido padre? En su corazón lucharán la esperanza y la desesperación. Pero pronto sus ojos derramarán lágrimas de alegría.

 

En esos momentos Egeo se encontraba, como todos los días, desde el amanecer hasta la caída del sol, sentado al borde de un acantilado divisando el horizonte del mar, a la espera de ver la llegada de la nave. A su pensamiento también acudían imágenes del pasado. Recordó cómo la ciudad de Atenas crecía próspera y feliz bajo su reinado, cómo crecía también su prestigio en toda Grecia y las excelentes relaciones que mantenía con el reino de Creta y con su rey Minos. Recordó igualmente aquellos juegos deportivos que se celebraron en honor de la diosa Atenea y en los que participó Androgeo, hijo mayor del rey cretense.

 

Los juegos habían comenzado con las carreras pedestres y Androgeo las ganó todas, recibiendo numerosos trofeos. Ganó también la lampadedromía, carrera de relevos en la que participó junto con tres compañeros cretenses y en la que el testigo era una antorcha en recuerdo del fuego que el titán Prometeo había entregado a los hombres para que éstos progresaran y crearan una cultura semejante a la de los dioses. Hubo luego lanzamientos de disco y de jabalina y de nuevo Androgeo demostró ser el mejor de todos los competidores. Cuando los juegos terminaron, los jóvenes atletas atenienses hablaron con Egeo:

 

  •  
    • No es justo, rey, que un extranjero nos arrebate todos los trofeos. Estos juegos deben ser convocados para que compitamos sólo los atenienses después de prepararnos durante un año completo y demostrar nuestra bravura en el deporte y nuestra preparación patriótica para la guerra. Si los premios se van a otras tierras, ¿con qué espíritu de lucha vamos a entrenarnos y cuál será nuestra fama de perdedores en las ciudades enemigas? Androgeo no debe volver a competir en nuestros juegos.

 

Preocupado por las quejas de los jóvenes, Egeo meditaba la manera de atender a sus ruegos sin causar enfado a su buen amigo Minos, que vería con malos ojos que a su hijo se le prohibiera volver a competir. Entonces tomó la siguiente decisión: durante la ceremonia de entrega de trofeos, en la que alabó la gran bravura y el espíritu competitivo de Androgeo, le animó a enfrentarse a un gran toro gigantesco que nadie había logrado dominar y causaba grandes estragos entre los viajeros, cerca de la llanura de Maratón. Androgeo aceptó el reto, pero perdió la vida en su enfrentamiento con la gran bestia.

 

Los compañeros del desdichado Androgeo recogieron su cuerpo inerte y lo condujeron a Cnossos, en donde su padre Minos le rindió honras fúnebres y preparó un gran ejército para invadir Grecia y destruir la ciudad de Atenas como venganza por la muerte injusta de su hijo. La noticia llegó a oídos de Egeo, que se preparó también para defenderse de la invasión del invencible Minos. Consiguió Atenas el apoyo de otras ciudades griegas, entre ellas Mégara. Y hacia Mégara dirigió su flota el rey cretense, ciudad en la que vivía una antigua amante suya, la bella Escila. Los dioses habían predicho que esta ciudad jamás sería vencida mientras su rey conservara en su cabeza un cabello de oro: Escila, su hija, cortó el cabello y Mégara fue tomada y masacrada cruelmente por Minos. Luego, Atenas, asediada por un inmenso ejército, se rindió a Minos y éste puso como condición para no destruirla que cada año entregarían al minotauro a siete efebos y siete doncellas para alimento del monstruo. Aceptada la condición, Minos regresó a Creta y con él Escila, que no fue premiada, sino castigada por su terrible traición: fue atada a la proa del barco y así hizo hizo la travesía hasta la isla, a donde llegó muerta.

 

Todos estos recuerdos pasaban por la memoria de Egeo mientras divisaba desde lo alto la línea del mar a la espera de la llegada de la nave de Teseo. Por fin un día, poco después del amanecer, una vela negra comenzó a dejarse ver en lontananza y se acercó rápidamente hacia la costa. El rey reconoció la nave y no tuvo duda de que el color de aquella vela anunciaba lo peor: los jóvenes habían perecido y, con ellos, su único hijo y sucesor. Su dolor fue tan grande que no pudo resistirlo y se dejó caer al mar desde lo alto del acantilado, antes de que pudiera observar cómo Teseo y sus compañeros arriaban el negro lienzo para izar uno de color blanco inmaculado. Desde entonces, aquella parte del Mediterráneo se llama Egeo en recuerdo del rey de Atenas.

 

Léxico: algunos nombres propios:

 

Androgeus, -i

 

Megara, -ae

 

Athenae, -arum

 

Scylla, -ae

 

 

 

 

 

Navis Atheniensis cum iuvenibus

 

virginibusque ab insula discedit dum

 

tristitia cor Thesei invadit.

 

 

Aegeus ex altis scopulis adventum

 

navis expectabat.

 

 

Ex nomine regis Atheniensis nomen

 

mari Aegeo damus.

 

 

Utinam pulchras insulas maris Aegei

 

tandem cognoscerem!

 

 

 

Vocabulario auxiliar:

 

Adventus, -us

 

Invado, -is, -ĕre

 

Atheniensis, -e

 

Iuvenis, -e

 

Cor, cordis (n)

 

Nomen, nominis

 

Discedo, -is, -ĕre

 

Tandem (adv.)

 

Expecto, -as, -āre

 

Tristitia, -ae

 

 

 

Ejercicio de etimología:

 

Adventus  

 

Cor  

 

Iuvenis  

 

 

El mar Egeo

Isla de Mykonos, en el Egeo.

 

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