Factores de romanización: el comercio y la red de comunicaciones.
Esta actividad ya era antigua en la región a la llegada de los romanos: los pueblos béticos llevaban siglos proporcionando materias primas (metales, madera) y productos agrícolas, ganaderos y pesqueros (vino, aceite, salazones, garum) a comerciantes fenicios, púnicos y griegos. La integración en la órbita romana multiplicó la producción y el destino de los productos por todo el mediterráneo e incluso por provincias atlánticas y del interior: se han encontrado, por ejemplo, restos de envases de cerámica fabricada en la Bética en Inglaterra; en Roma hay una colina artificial llamada Testaccio formada con los restos de cerámica procedente, en su mayoría, de la Bética.
Para el auge del comercio fue fundamental el establecimiento de unas rutas por tierra, por mar y, de manera muy significativa, por los ríos. A través de estas rutas no viajaban sólo personas y productos comerciales, también viajaban las informaciones sobre otros pueblos, sobre costumbres y creencias, sobre guerras y catástrofes, sobre grandes personajes… Viajaban también los libros: viajaban las ideas. Los medios de comunicación social eran mínimos: el vehículo fundamental era la información que aportaban los mercaderes, los viajeros y los soldados (mercatores, viatores et milites) y el latín era la lengua común para todos.
Comercio y vías de comunicación forman, pues, un factor civilizador de primer orden y la Bética se vio especialmente favorecida con ello gracias a su riqueza y variedad de productos y a su tradición comercial, hasta el punto de que en la propia Roma se la consideró desde el principio de la conquista y hasta el final del Imperio como la más romanizada de todas las provincias.
Las calzadas. Uno de los factores fundamentales del éxito de un imperio tan centralizado y militarizado como el romano fue la construcción de calzadas (viae) para facilitar el rápido transporte de efectivos militares (en su inmensa mayoría compuestos por soldados procedentes de las propias provincias) que hicieran frente a las frecuentes insurrecciones de los pueblos menos dispuestos a perder su autonomía. La red de calzadas fue tan densa como podemos observar en el mapa de la península: cerca de la mayoría de las ciudades había un campamento romano. Pero, además de soldados, por estas vías se desplazaban personas continuamente. Muchas de estas vías no han desaparecido: sólo han evolucionado hasta convertirse muchos de sus tramos en las modernas carreteras o autopistas. Por toda la geografía española encontramos aún restos originales de estos antiguos caminos.
Las rutas marítimas. Los barcos eran los únicos vehículos de considerables dimensiones, por lo que resultaban indispensables para el comercio. Los romanos crearon nuevas rutas por el atlántico, pero la mayoría de las que había en el Mediterráneo ya habían sido establecidas por griegos, fenicios y cartagineses e, incluso, por culturas más antiguas todavía, como la cretense y la egipcia. Cuando hablamos de rutas nos estamos refiriendo también a lugares concretos de carga y descarga de productos: los puertos. Como los viajes en barco en la antigüedad implicaba no pocos peligros, la navegación era de cabotaje, es decir, se viajaba procurando no perder de vista la costa para repostar o refugiarse en alguno de los numerosos puertos. No obstante, los naufragios y los ataques de piratas eran frecuentes, lo que ha proporcionado a Andalucía una riqueza singular: la enorme cantidad de pecios que hay en sus aguas territoriales.
Las rutas fluviales. Los ríos, imprescindibles para el abastecimiento de agua con destino a la agricultura y la ganadería y para la propia supervivencia humana, fueron siempre, además, vías naturales de comunicación. En sus riberas o en sus cercanías surgían poblaciones que, comunicadas entre sí por el propio curso del agua, iban creando una cultura común. No es de extrañar, por ello, que las primeras grandes civilizaciones surgieran en torno al Nilo, al Tigris y al Éufrates. En Andalucía, el Guadalquivir (Baetis) era navegable desde su desembocadura hasta Córdoba; incluso, en pequeñas embarcaciones, se podía llegar hasta Andújar. Por ello, en sus orillas o cerca de ellas surgieron, antes de la conquista romana, ciudades como Castulo (cerca de Linares), Iliturgi (Andújar), Corduba (Córdoba), Astigi (Écija), Carmo (Carmona) o Hispalis (Sevilla). A través del río viajaban todo tipo de mercancías que difícilmente podían transportarse por vía terrestre, como la madera procedente de los bosques de Jaén que, instalada en balsas, llegaba hasta Córdoba, desde donde partía hacia el puerto de Gades (Cádiz) con destino a Roma. Los productos líquidos como el aceite y el vino se envasaban en ánforas de cerámica, material frágil que por las rústicas calzadas corría peligro de romperse: el transporte en barco era mucho más seguro.

| Restos de una calzada romana en la provincia de Huelva. |
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Calzada romana en Miranda del Rey (Jaén) |


| Nave fluvial romana |
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